Las gárgolas del Clan Manhattan (I)

“Hace mil años, el mundo se regía por la superstición y la espada. Era una época de oscurantismo, un mundo de terror. La era de las gárgolas. Estatuas de piedra de día, guerreros de noche, fuimos traicionados por los humanos a los que juramos proteger y transformados en fría piedra durante un milenio por culpa de un hechizo. Ahora, aquí en Manhattan, el hechizo se ha roto ¡y hemos vuelto a la vida! Somos los defensores de la noche. ¡Somos Gárgolas!” Opening de Gárgolas

Una noche cualquiera en la “cueva”. Así llaman a su casa en Madrid Perikles, jpg y Wifly por la oscuridad y profundidad que la caracterizan. Como siempre, después de la jornada laboral y el entrenamiento de boxeo, se reúnen en el salón para charlar. Tras años de convivencia, el espacio se ha convertido en una amalgama de referencias culturales y políticas que reflejan (parcialmente, claro) su identidad colectiva. Desde un cartel de La Vida de Brian (el humor que nunca falte) hasta otros de películas de Tarantino (Harvey Keitel y Steve Buscemi apuntándose mutuamente), Guy Ritchie (Brad Pitt como el boxeador gitano) y Nolan (Heath Ledger y su Why so serious?). Desde un cartel de la manifestación del 8M de 2018 hasta otro traído de Cuba que reza: “Firmes en los principios”. El resto de espacio libre de las paredes lo ocupan banderas: la pirata, la del Athletic Club y la de Mumforina. En una de las mesas se apilan las revistas de El Salto junto a una katana de filo invertido (sin afilar). Bajo la luz de los focos relucen dos pinturas de K-rmela: Uma Thurman bailando con el Chiquito de la Calzada (a lo John Travolta) y Epicuro dando la bienvenida a su jardín. En los salientes rectangulares de escayola abarrotados de libros que sirven de estanterías destacan dos discos de música, Un perro andaluz (Delaossa) y Yo no soy europeo (Foyone), un totem del que cuelgan llaves que nadie sabe que puertas abren, y una edición especial del cómic Watchmen, ilustrando a toda página el símbolo que se tatúa el Doctor Manhattan, un átomo de hidrógeno.

Envueltos en una nube de humo con olor a derivados cannábicos, jpg, Wifly y Perikles conspiran literal (de con spirare: respirar juntos) y figuradamente. La conversación oscila sin demasiado orden: desde los últimos resultados de la NBA hasta la geopolítica de los recursos minerales estratégicos para ganar la carrera tecnológica que vertebra la guerra fría entre Estados Unidos y China. Wifly rompe uno de esos silencios que anticipan un cambio de tema -¿Os acordáis de Gárgolas, la serie de dibujos que veíamos cuando eramos pequeños?- jpg y Perikles responden que sí, y que les encantaba. -La verdad es que me gustaría verla ahora, por recordar viejos tiempos y saber cómo ha envejecido- menciona Perikles. jpg echa mano de su Fairphone y tras una breve búsqueda en Internet dice que está en Disney +. Para sorpresa de los tres, no es solamente que Disney la esté emitiendo en su plataforma, es que la produjo originalmente. Se las apañan para conseguir un acceso y se disponen a ver los cinco primeros episodios, que comparten título: “El Despertar”. Como recordaban, estos episodios son los que componen la película que tantas veces han visto durante su infancia en VHS. No deja de ser curiosa la evolución técnica desde una caja con cinta magnética hasta el streaming de alcance global vía enormes servidores en lugares desconocidos (con todos los recursos energéticos que consumen).

¿Cómo es posible que el imperio del entretenimiento “para todos los públicos” desarrollase una serie de estética tan oscura y monstruosa? Al parecer, precisamente se trata de una de las apuestas más ambiciosas de Disney. La serie comenzó a emitirse en octubre de 1994 y fue cancelada en febrero de 1997. A pesar de su éxito de crítica y público, el experimento no duró mucho. Esto, como suele ocurrir con artistas y obras que terminan demasiado pronto, la convirtió en una serie de culto en el mundo de la animación. Gárgolas, creación de Frank Paur y Greg Weisman, destaca por su complejidad narrativa. La formación en filología inglesa de Weisman le permite combinar la mitología medieval británica con elementos de ciencia ficción ciberpunk que aún no habían tocado techo hasta la inminente llegada pocos años después de Matrix.

La trama gira en torno a un grupo de gárgolas (seres humanoides con garras, alas y que se convierten en piedra durante el día) que, lideradas por Goliath, protegen un castillo escocés de las invasiones vikingas a finales del siglo X d.c. Tras ser traicionadas por los humanos sobreviven a la extinción de su clan al tiempo que son víctimas de un conjuro que las condena a permanecer de piedra hasta que el “castillo se eleve por encima de las nubes”. La maldición se rompe por la intervención en 1994 de un multimillonario llamado David Xanatos que, conocedor del hechizo, traslada el castillo íntegro a su altísimo rascacielos en Manhattan. Xanatos preside una megacorporación que posee una productora de entretenimiento, y empresas dedicadas a la ingeniería genética y a la robótica, entre otras cosas. A la postre, se convertirá en el antagonista de la serie. Las gárgolas, resistiéndose a la manipulación de Xanatos, constituyen el Clan Manhattan con el objetivo de proteger a la población de Nueva York.

Pero, ¿qué sentido tiene para unos millenials como Wifly, Perikles y jpg volver a ver dos décadas más tarde una serie como esta? ¿Se trata simplemente de otro ejercicio más de nostalgia? La “nostalgia millenial” es todo un fenómeno cultural. Prueba de ello es que una cuenta de Instagram con ese nombre y dedicada a recordar momentos, referencias y dispositivos de los ’90 y principios de siglo XXI acumula casi medio millón de seguidores y hasta ha publicado un libro. Sería muy fácil caer en la añoranza analógica, cuando todo era más “auténtico” antes de la digitalización (cibernetización, más bien) que se avecinaba en las décadas posteriores. Como una forma de refugiarse en aquellos tiempos que eran más sencillos, cuando todavía había una pequeña grieta temporal a la que podíamos llamar futuro. Pero el tiempo se ha roto y el futuro se ha cancelado. El único resultado posible de esa relación con el pasado es un bucle de retroalimentación identitaria: “Este era yo, y lo sigo siendo, me gustaban las Gárgolas y me siguen gustando; igual que Aladdin y El Rey León son mis películas favoritas de la infancia”. Disney lo sabe, y por eso recientemente ha hecho sendos remakes cuya única innovación es técnica. Lo mismo vale para Star Wars (también propiedad de Disney), su nueva trilogía no es más que un pastiche de las dos anteriores. Aunque vale decir que Star Wars ya fue en su origen un pastiche de las space opera popularizadas entre las décadas de los ’30 y los ’50. La tentación para permanecer en el bucle es fuerte.

¿Cómo hacer para salir del bucle? ¿Cómo establecer una relación con nuestro pasado que no bloquee nuestras perspectivas de futuro, sino que las potencie? Aquí, vale la pena introducir el concepto/juego de palabras “hauntología”. En resumen, es un concepto acuñado por el filósofo Derridá en 1993 (en paralelo con la creación de Gárgolas) en su libro Espectros de Marx, que tuvo eco en la crítica musical de la primera década del siglo XXI y que popularizó más recientemente Mark Fisher en su libro Los fantasmas de mi vida. Es un juego de palabras porque supone el reverso tenebroso de “ontología”, la rama filosófica que se ocupa del ser y lo que existe. “Haunt” en inglés se refiere a la aparición de un fantasma, de ahí que originalmente se tradujese al español como “espectrología” (perdiendo así la gracia filosófica). Si el ser es lo idéntico a sí mismo, es decir, la existencia puramente positiva, la hauntología explora aquellas existencias negativas (fantasmagóricas) que nos asedian desde su no presencia. Desde ahí, Fisher se reapropia del término, rechazando por lo demás el grueso de las tesis de Derridá. Comprende la hauntología como la “agencia de lo virtual, entendiendo al espectro […] como aquello que actúa sin existir (físicamente)”.

Retomando las preguntas del párrafo anterior, en La lenta cancelación del futuro (capítulo del libro mencionado anteriormente) Fisher toma una distinción del filósofo contemporáneo Martin Hägglund sobre el espectro y su no presencia. Si bien no existe como tal, sí que existe la relación con lo que ya no es o con lo que todavía no es. Surgen así dos direcciones hauntológicas opuestas. A la primera ya nos hemos referido con el bucle de retroalimentación identitaria. Lo que ya no es más “permanece como una virtualidad que en realidad es, como la traumática ‘compulsión a repetir’ un patrón fatal”, dice Fisher. La dirección que nos interesa como enfoque para las gárgolas es la segunda. “Lo que todavía no ha ocurrido, pero que ya es efectivo virtualmente: un atractor […] o una anticipación que influye sobre el comportamiento presente”, continúa Fisher. Y justamente esto es lo que quieren ser las hipersticiones: virtualidades que reanuden futuros perdidos para “socavar el estado presente de las cosas”. Espirales de retroalimentación positiva que se abren hacia lo desconocido.

¿Y si pensamos Gárgolas desde esta perspectiva hauntológica? La nostalgia entonces no funcionaria como bloqueador si no como rastreador de aquello que quedó cancelado por las fuerzas históricas y que merece ser reanudado. Si bien la (lenta) cancelación del futuro comenzó a finales de los ’70 no ha sido hasta comienzos del siglo XXI que el bloqueo se ha cronificado, literalmente. Si el “efecto 2000” tuvo algún efecto, quizás uno de los más destacados fue este. Es justo antes de ese momento cuando pudo materializarse brevemente una serie como Gárgolas en el corazón del imperio mediático, como a su vez les ocurre a las protagonistas de la historia al revivir en pleno Manhattan, culmen del capitalismo con el permiso de Silicon Valley. Y es que es el capitalismo (encarnado en Xánatos) quien deshace el hechizo medieval para sus propios fines, pero son las gárgolas quienes deciden mantener su autonomía. Eso sí, les cuesta renunciar al castillo que habían defendido por tantos años y, en consecuencia, a su identidad. Como agentes hipersticionales, se abren a lo desconocido, recomponen su clan y tejen nuevas alianzas. En un ejercicio de hauntología positiva, las gárgolas viajan mil años en el tiempo, reanudan su futuro y socavan el estado presente de las cosas…

Texto publicado originalmente en el blog Hypersticiones de El Salto

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