¡Hasta el ciberespacio y más allá!

Como cada mañana, la estación de metro de Antón Martín es un nodo más por el que circula el enjambre de seres humanos con dirección a su celda asignada en la colmena. Perikles se entretiene imaginando a sus congéneres como abejas antropomórficas, inventando diseños diferentes para cada cual preguntándose si sería capaz de llegar hasta las 20.000 especies conocidas de antófilas (del griego “amantes de las flores”, el nombre “científico” de las abejas). El ruido vagamente vocalizado se convierte en un zumbido aturdidor. Hace calor, mucho calor. Las paredes empiezan a sudar miel con un olor amargo y el suelo cada vez es más pegajoso. Mientras enfila las escaleras hacia la superficie con desasosiego, recuerda el perturbador sueño con el que se ha despertado: una colmena ardiendo dentro del tronco de un árbol le grita algo ininteligible…

Un golpe de sol directo a los ojos interfiere en el pensamiento de Perikles para dar cuenta de que está en la plaza de Antón Martín. El recuerdo de una de las innumerables derivas por Wikipedia le induce a trasladar su mente a 1766. Se imagina observando al grupo de embozados que, en esa misma plaza, ataviados con la capa larga y chambergo tradicionales, se rebeló contra la prohibición de dicha vestimenta por parte del Marqués de Esquilache, ministro principal de Carlos III, desencadenando el Motín de (más bien contra) Esquilache. Resulta curioso que el motivo aducido para el veto fue que permitía el anonimato (y esconder armas, ya puestos) y se incluyese en una batería de medidas de Esquilache para modernizar España y, concretamente, hacer de la villa de Madrid la sede de una Corte ilustrada. Esta medida de control social fue entendida por el pueblo como una imposición extranjera (Esquilache era italiano). Pero no solo fue una batalla cultural por el orgullo nacional. En el fondo del malestar social estaba un aumento del precio del pan resultado de una fallida liberalización del comercio del trigo. Amén de la manipulación de la situación por distintas facciones nobiliarias y religiosas envueltas en intrigas palaciegas. Esquilache fue despedido y la autoridad del rey nunca fue cuestionada. En fin, una revuelta popular cuya articulación política lejos estuvo de la que veinte años después sacudiría Francia y la cabeza de algún que otro monarca. Lo más gracioso es que la moda de la capa y el chambergo llegó a España solo cien años antes y desde el extranjero. Spain is different. Al doblar la esquina de una estrecha perpendicular a calle Atocha, una ráfaga de viento devuelve a Perikles a 2023.

En buena sintonía, Perikles puede divisar a D4ns y l1l justo llegando a la puerta del observatorio. Le llama la atención un pequeño remolino de aire compuesto de hojas, de árbol y de periódico. Bailan en círculos como amigxs que llevan mucho tiempo sin verse, como si quisieran hacer olvidar la barrera entre lo “natural” y lo “artificial” que les ha separado hasta ahora. Enfrente del observatorio, en el motel se despliega el habitual trajín de maletas de lo que Perikles denomina las JGG (Juventudes Guiris Gentrificadoras). Los tentáculos del turismo llegan hasta el Octopus, el bar colindante que se ha convertido en la sede informal de las habitantes del observatorio. Menús especiales y cocina abierta a deshoras para saciar la voracidad del ocioso capital extranjero. Al otro lado, la cola del hambre en la puerta de la iglesia dominica da a la escena un cariz truculento.

D4ns activa el botón del mando que eleva la persiana metálica del Observatorio Caraccioli. La falta de aceite en el mecanismo le da un sonido similar a las antiguas bicicletas del Bicimad. l1l, que acaba de llegar a España desde Colombia para pasar una temporada en casa de D4ns, les pregunta que a qué se debe ese nombre. -Ja ja ja, te va a encantar. Era un pirata- responde D4ns. -Como ya sabrás- continúa Perikles -el local es de los dominicos, y lo dedican a defender a las personas migrantes. Por eso lo ceden a colectivos enfocados en este tema… y a nosotros, que les ayudamos con la parte online. Pues resulta que Caraccioli fue un sacerdote dominico de finales del siglo XVII. Cuando el capitán del buque de guerra francés en el que estaba embarcado murió en una batalla naval contra los ingleses, convenció a su amigo Misson para presentarse a capitán. Lograron la aprobación de la tripulación para colectivizar el barco y declarar su independencia, como hacían los piratas. Pero en vez de navegar bajo la bandera negra, Caraccioli propuso utilizar una bandera blanca con el lema “Dios y Libertad”. El Victoire, así se llamaba el navío, se dedicó a capturar otros barcos y liberar a los esclavos que, como podrás imaginar, mayormente eran personas racializadas. Supongo que de ahí les vino la inspiración para el nombre. Algunos años después Misson y Caraccioli, junto al pirata Thomas Tew, fundaron la colonia pirata utópica de Libertalia al noreste de Madagascar. Los liberi, como se autodenominaban, era una población multicultural, con un lenguaje común mezclado y que socializó todas las propiedades. Al menos, eso cuentan los pocos registros que hay de Libertalia. Incluso hay quien dice que esta experiencia ácrata, que llegó a Francia gracias a Tew, inspiró un siglo después a la Revolución Francesa. -Los ojos de l1l están brillantes y dice con emoción en la voz -¡Wau! Vamos, no puedo esperar a entrar.-

Mientras comentan la aventura pirata del dominico, los tres atraviesan el rellano de la entrada y recorren el largo y estrecho pasillo que les lleva hasta la sala principal del local. Hoy no hay nadie. Los datos y la cobertura no llegan a sus dispositivos, lo que le da al espacio cierto aire a cueva. Las paredes de la sala están cubiertas por mesas alargadas sobre las que reposan varios ordenadores de sobremesa destinados a los talleres de alfabetización digital para migrantes. Sentados en la gran mesa ovalada situada en el centro, se disponen a preparar unas formaciones en torno a la Inteligencia Artificial y su aplicación racista en la “gestión” de las migraciones. -Voy a dejar el proyector aquí para no ir cargándolo, ¿dónde os parece que lo guarde? – pregunta D4ns. -Quizás en el armario del despachito del fondo, donde los juguetes- sugiere Perikles. Al poco rato, D4ns vuelve con la cara iluminada y una caja en los brazos. La suelta con cuidado encima de la mesa ovalada. -No os lo vais a creer. Perikles, ¿te acuerdas del viejo Thinkpad de IBM que andaba por aquí y hace tiempo que no veíamos? Pues ha aparecido en ese armario. Y estaba con este casco. Primera vez que lo veo. Qué raro, ¿no?- D4ns saca un objeto que Perikles conoce bien. Al menos, uno muy similar. El objeto se parece a los típicos cascos con electrodos que tantas veces se ha puesto para que le hiciesen electroencefalogramas, entre otras pruebas rutinarias, para supervisar su epilepsia. Éste es más bien traslucido, con dieciséis chupones negros conectados a sendos cables amarillos enganchados a un convertidor. Del otro extremo sale un cable USB. -¿Qué clase de programa tendrá el ordenador para que funcione con ese casco?- pregunta l1l. -Vamos a comprobarlo ahora mismo- dice D4ns mientras pulsa el botón de encendido del portátil.

El sistema operativo que hace funcionar a la máquina es Debian, una de las distribuciones de GNU/Linux más populares. El fondo de pantalla del escritorio es la clásica espiral roja de Debian. Se rumorea que el origen del logo está relacionado con la forma de la barbilla de Buzz Lightyear. No por casualidad cada versión de Debian tiene el nombre de un personaje de la saga Toy Story. El escritorio está vacío salvo por un acceso directo en la esquina inferior izquierda a un programa llamado CyberOhara, con un icono que emula un árbol de largas raíces y frondosa copa.

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El mismo árbol ocupa toda la pantalla fugazmente mientras se carga el programa. La primera ventana emergente es para configurar el idioma -> Español. La interfaz es similar a los programas P2P (peer-to-peer), como Napster y eMule, que usaron frecuentemente durante su infancia y adolescencia para descargar gratuitamente juegos, documentos, música y películas; y que pusieron en estado de alarma a las corporaciones que dominaban la industria cultural. En la barra superior hay varios botones -> Inicio / Biblioteca / Reproductor / Búsqueda / Descargas / Chat / Panel de Control. La mayor parte de la pantalla la ocupa un espacio para el listado de elementos. En la Biblioteca solo hay un archivo titulado “All Watched Over By Machines Of Loving Grace“. -¡Eh! Así se llama un documental de Adam Curtis, ¿lo conocéis? El título es un guiño al poema de Richard Brautigan del mismo nombre de 1967, donde sintetiza la contracultura y la cibernética.- se apresura a comentar Perikles, rompiendo el silencio gélido que se ha ido extendiendo por la sala. D4ns dice que le suena de comentarlo alguna vez y l1l conoce el poema pero no el documental. -Los tres cruzan miradas de extrañeza y curiosidad. -¿Le damos? A ver qué pasa- sugiere Perikles.

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Ventana emergente -> Por favor, inserte los trodos para poder reproducir el archivo

Suponiendo que se refiere al casco cableado, Perikles inserta el USB (a la segunda, por supuesto).

Ventana emergente -> Asegúrese de tener el casco puesto antes de hacer click en PLAY

Al colocarse el aparato, Perikles se acuerda del casco que le ponían en la peluquería para echarse las mechas rubias en su adolescencia. -¿Estás seguro? A saber qué movida es esta- le pregunta D4ns. Perikles nota cierto vértigo. -Hasta el infinito y más allá- le dice Perikles mientras le guiña.

CLICK

Aceleración. Perikles siente entre náuseas y cosquilleo en la barriga, como de haber despegado en un avión. Disociación. Las sensaciones se van desvaneciendo hasta el punto de casi no sentir. El cuerpo, con todos sus constantes estímulos sensoriales, se ha quedado en una especie de eco. El ciberespacio se despliega en un desierto blanco infinito mientras se desplaza a gran velocidad, o eso cree él.

A lo lejos, lo que le parece un gusano descomunal emerge del suelo. De color rojo brillante, poco a poco se va enroscando hasta formar una espiral. Perikles se dirige directamente hacia el centro del remolino donde le espera la ”boca“ del supuesto ciberorganismo, valga la redundancia. Entra y la oscuridad se hace total. Le asalta la idea de que se ha detenido. Paulatinamente, vuelve la percepción de movimiento acompañada de una composición de luces caleidoscópicas de tonos que varían continuamente entre el amarillo, el naranja, el rojo y el rosa. Estrellas dentro de estrellas dentro de estrellas de ocho puntas que giran y giran sin descanso.

El caleidoscopio comienza a emborronarse hasta transformarse en un gran conjunto de píxeles. Éstos van modificándose hasta configurar una escena: un apartamento en lo que parece un ático en Manhattan. No muy lejos, desde el amplio ventanal se ve el Empire State. Perikles está en el salón. Y no está solo. Un pequeño grupo de gente, no más de diez personas, está repartida entre los dispares sofás que forman un semicírculo en torno a una mesa baja y acristalada. En una butaca ostentosa que corona la sala se sienta una mujer de ojos negros, profundos y nerviosos. Perikles ha visto el documental de Adam Curtis, así que se hace una idea de quienes pueden ser. Ella es Ayn Rand, una filósofa y novelista estadounidense de origen ruso conocida por desarrollar un sistema de pensamiento llamado ”objetivismo“, basado en el ”egoísmo racional“, la libertad individual extrema, el rechazo de cualquier tipo regulación externa y toda forma de colectividad. El grupo que la rodea es su círculo de confianza, sarcásticamente llamado ”The Collective“. Uno de los más devotos seguidores, ahí presente, es Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal estadounidense entre 1987 y 2006. En la década de los ’90, sus políticas monetarias de bajada de las tasas de interés, junto a la emergencia de la World Wide Web y la desregulación del sector de las telecomunicaciones condujeron a la burbuja de las puntocom que estalló en el 2000. No por casualidad, la novela de Rand ”La Rebelión de Atlas“, un alegato anarcocapitalista, fue en los ’80 el libro más influyente en Estados Unidos, solo por detrás de la Biblia, según la Biblioteca del Congreso. En Silicon Valley la obra de Rand es, a buen seguro, más popular que la Biblia, como demuestra que personajes como Steve Jobs, Peter Thiel y Elon Musk se declaren seguidores.

De repente, recorrido por un calambre, Perikles nota sus dedos sobre el teclado del ThinkPad. Intenta pulsar una tecla para comprobar si puede mover su cuerpo aún dentro del ciberespacio. La escena del salón sigue su curso, Ayn Rand y sus colegas siguen debatiendo y tomando café, pero la nitidez se reduce notablemente hasta volver a convertirse en un conjunto de píxeles.

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Perikles opta por la segunda opción. Empieza a entender la lógica, por decirlo así, del programa. Vuelve a conformarse lentamente el caleidoscopio de tonos cálidos y percibe un aumento de velocidad. Vienen curvas. El eco de un mareo se genera en el eco de su estómago. Oscuridad. De vuelta en el desierto blanco le recorre algo parecido a la serenidad. Comienza a cogerle el gustillo. La escena se repite. El gusano gigante, esta vez de color verde, surge como un shai-hulud en Dune. Cuando empieza a arremolinarse, Perikles se prepara para la siguiente pantalla. Entra en la espiral y de vuelta a la oscuridad. Poco a poco nacen ramificaciones lumínicas que se enroscan entre ellas formando un rizoma. En una gama de colores verdosos, amarillentos y marrones, de los extremos de algunas ramas crecen hojas y flores bellísimas de las que también salen otras ramas.

El jardín de luz se difumina a medida que otro conjunto de píxeles va copando el espacio. En esta ocasión, la configuración de los píxeles sitúa a Perikles en mitad del campo y rodeado de gente. No es difícil averiguar su localización espaciotemporal aunque no hubiese visto el documental. Deben de ser los ’60 y, quizás, en algún lugar de California. Pelos largos adornados con flores, barbas descuidadas, ropa ancha y colorida, pies descalzos… Es una comuna hippie. Cuatro personas están a unos cien metros construyendo el geodomo que será el espacio de reunión. Una chica está debajo de un árbol leyendo a la sombra. Dos jóvenes traen una olla llena de comida. No hay duda de que les mueve el ideal cibernético de la autoorganización. Paradójicamente, las ideas desarrolladas veinte años antes por un grupo de científicos vinculados al ámbito militar, muchos de los cuales fueron claves en el Proyecto Manhattan, que desarrolló la bomba atómica, están siendo aplicadas por aquellos que precisamente quieren huir de ese mundo. Puesto que la cibernética entiende que los sistemas pueden autorregularse mediante la comunicación constante de sus partes (el feedback) y éstas no se entienden por sí mismas sino en la totalidad del sistema, la juventud contracultural halló una fuerte inspiración para acercarse a la Naturaleza y rechazar el American Way of Life jerárquico y rígido basado en la familia, el trabajo y la sociedad de consumo. Desde entonces, la cibernética iría posicionándose como el paradigma dominante en las décadas siguientes, con la expansión de las máquinas a cada vez más aspectos de la vida. Curiosamente, a finales de la primera década del s. XXI, los ideales cibernéticos de autoorganización y rechazo de la jerarquía recobraron fuerza entre los movimientos populares. La oleada de movilizaciones de la Primavera Árabe, Occupy Wall Street y el 15M mostraron sus potencialidades… y sus límites.

Perikles considera que ya ha visto suficiente y vuelve a pulsar la tecla anterior. Mientras la escena hippie se pixela un escalofrío le recorre. Echa una última mirada a la chica del árbol y, aunque pensaba en sí mismo como espectro virtual, le da impresión de que ella le está mirando fijamente.

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Esta vez duda, pero opta por la tercera opción. El jardín lumínico crece de nuevo con parsimonia, aún más bello si cabe. Vuelven las curvas. Esta vez el mareo es más soportable, hasta un poco disfrutable, como una atracción de feria. Y otra vez la oscuridad transitoria que da paso al blanco infinito que inunda el ciberespacio. Ahora se atreve a intentar adivinar de qué color será el próximo gusano gigante, porque tiene que haber otro gusano… ¿Azul? Sí, azul. Seguro que quien (o lo que) programó esto tenía en mente el RGB. Efectivamente. Al poco de navegar por el ciberespacio se repite la dinámica. Un macrogusano azul (de Prusia, para ser exactos) irrumpe verticalmente e inicia el giro sobre si mismo para formar otra espiral. Ya más relajado, sonríe cuando se adentra en su interior. La oscuridad no le inquieta, está esperando el espectáculo. En esta ocasión, una cascada de luces azuladas rompe para inaugurar un flujo de olas que bailan intercambiando tonalidades verdosas, celestes y púrpuras, surfeadas por un brillo de zafiros.

La marea se calma hasta dejar ese mar de luces como un plato color cian. Y, sin más, se esfuma para dejar paso a los píxeles. Esta vez la escena resulta desconcertante. Con la jungla a sus espaldas, Perikles tiene delante un montículo descuartizado por el que suben y bajan personas constantemente. De nuevo según el documental, tiene que estar en el Congo: una mina de coltán (mineral compuesto de columbia y tantalita). El agua arcillosa recorre los pequeños socavones donde ojos tristes y manos cansadas agitan rítmicamente las palanganas que filtran el agua en busca del tesoro. En los flancos del montículo y repartidos en algunos puntos estratégicos, unos veinte soldados armados con fusiles de asalto M16 y AK-47 vigilan y castigan a los esclavizados. El cruce de miradas con la chica del árbol le tiene intranquilo. No es un buen lugar para ser visto. Aunque es difícil de determinar, algunos detalles en los soldados indican que están en el s. XXI, en los primeros años (¿2001? ¿2002?), durante la Segunda Guerra del Congo o Guerra del Coltán. Este conflicto, uno de los más mortíferos desde la II Guerra Mundial hasta la fecha, recibió ese nombre porque una de sus principales causas fue la lucha por el control de este mineral, clave en la fabricación de los dispositivos (móviles, ordenadores, videoconsolas) que utilizamos a diario. En el Congo se encuentran, más o menos, el 80% de las reservas mundiales de coltán. La riqueza en recursos del Congo es también, bajo el imperialismo-capitalismo, su condena. Tras ser propiedad personal del rey belga Leopoldo II y luego controlada por Bélgica a partir de principios del s. XX, en 1960 logró su independencia. Pero el primer gobierno salido de las urnas, del Movimiento Nacional Congoleño liderado por Patrice Lumumba, fue derrocado apenas tres meses después en un golpe de estado orquestado por la CIA y ejecutado por el militar Mobutu Sese Seko, a la postre dictador del país durante más de treinta años hasta su caída en la Primera Guerra del Congo.

Perikles contempla la miseria con impotencia y teclea el comando para continuar con su viaje. Mientras la calidad del escenario disminuye progresivamente escucha un bombardeo lejano.

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Esta vez es la cuarta opción. La cascada fluye con violencia y el tumulto del oleaje se incrementa. Curvas. Oscuridad. Desierto. Infinito. Comando -> REPRODUCIR DE NUEVO / SALIR DEL ARCHIVO.

Perikles abre los ojos y siente el calor interno, las gotas de sudor zigzagueando por su piel. Como puesto de X, el corazón le late a ritmo de jungle. D4ns y l1l le miran con inquietud y curiosidad. -¿Estás bien? Llevas tres minutos enchufado- Perikles se quita el casco -¿Quién se anima?-.

Texto publicado originalmente en el blog Hypersticiones de El Salto

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